Así nacimos


A modo de bautismo violento, que se ejerce sin consentimiento, la semilla del colonialismo se nos impone a los sujetos colonizados desde los más tempranos pasos. Se conquistó el cuerpo de nuestros ancestros y ahora nosotrxs, como sujetos colonizados, crecemos con la mala conciencia del ser modernos. ¡Oh, ese arrogante hombre barbudo que se autodenomina legítimo dominador del mundo: lo que nos trajo con su civilización fueron, primero que nada, la peste y sus enfermedades! Sus miasmas de la modernidad se implantaron en las subjetividades del individuo como para recodificar una subjetividad precolonial y, en última instancia, condicionar el actuar del sujeto. No seamos ingenuos, pues si las aguas de su mala conciencia nos bautizan a tierna edad, no es con la intención de volvernos hijos o hijas del conquistador —y mucho menos para salvarnos del pecado—, sino para convertirnos en subjetividades dóciles, que pueden ser dominadas con relativa poca resistencia y en una máxima territorialidad de su ser.

El colonialismo, con la modernidad como corolario, construyó el retrato de un sujeto moderno como categoría normativa del hombre verdadero; es decir, el correcto _ser_ con el que El Hombre, como proceso lógico, pasa a sustituir a lo humano —nótese aquí el sesgo misógino e individualista—. Este nuevo _ser_ se presenta como un ente racional que, por concatenación deductiva, ha de ser individual, lógico —ζῷον λόγον ἔχον (o ἄνθρωπος λόγον ἔχων), que con la modernidad pasa a ser ζῷον λόγον ἔχον— y correcto, justo o como quieras llamarle, amix lector. Pero no caigamos tan fácilmente en su falacia, pues esto no es más que la imagen especular emanada de un reflejo cóncavo y opaco de lo humano: el resultado de un pensar reflexivo que tiende a la abstracción, la clasificación arbitraria y la dicotomía. Pues en el fondo lo humano no es ni será la destilación que define el concepto de El Hombre —la parte abstracta no puede ser la totalidad fáctica; en este sentido, su capacidad de descripción falla por defecto—.

Desde un prisma fuera de la modernidad, el sujeto que se ostenta como ente individualísimo se disuelve de manera inexorable ante las dimensiones colectivas y se hace evidente que su λόγος (pensar‑hablar) moderno no puede ser un pensar‑hablar puramente individual, ya que el bebé, si llega a ser persona, lo hace mediante el lenguaje desde el cual posteriormente se enunciará y afirmará como una diferencia única dentro de lo colectivo —su identidad, dirían los modernos, que irónicamente enuncian su unicidad como idéntica, ¡vaya tontería!—. Por más que se apropie la persona de un lenguaje, este nunca es completamente suyo: le viene del afuera, de los ancestros —gulasa1—. A la par, si su universo léxico y comunicacional crece, lo es siempre en la relación exógena con el otro, por tanto, podemos decir que en gran medida son las afecciones intersubjetivas que se le van acumulando las que hacen posible, en última instancia, a la persona con su respectiva subjetividad e individualidad.

Si la axiomática conquistadora del colonialismo es tan efectiva, es porque logra consolidar una dominación del pensamiento que, en última instancia, posibilita el dominio efectivo del pueblo colonizado. Poco tiempo se puede dominar con la coerción, pero se puede dominar de manera permanente y sin resistencia cuando se crea un consenso; en este caso, la idea de la superioridad del dominador sobre el dominado, como si esta realidad histórica se tratase de un decreto natural, un pueblo elegido por el dios para dominar, para expoliar, humillar y someter. Es, pues, un momento negativo que borra la posibilidad de la diferencia y niega la idea de libertad; el hombre moderno edifica la conciencia del esclavo para erigirse como conquistador impugnable. En resumen, el colonialismo actúa sobre una violencia del cuerpo, pero, más importante, sobre la conciencia, que termina por imponer una negación de la voluntad y el poder de los pueblos en aras de una autodominación del sujeto —autosujeción y autodominación—. Es desgastante y poco fructífero dominar únicamente mediante la coerción y el terror; esto siempre crea resistencias y luchas. Tarea más efectiva es domar el alma del pueblo —bunatxi2— y, en consecuencia, del individuo —bëni3—. En esta tarea, la religión se erige como el brazo del terror simbólico, mientras que el arte y la formación del gusto son el brazo dominante que refuerza lo afectivo.

Nietzsche, uno de los padres de la sospecha, lo vociferó con vertiginosa desfachatez en La genealogía de la moral: ”Los artistas han sido en todas las épocas los ayudantes de cámara de una moral, o de una filosofía o de una religión... Muy a menudo, los demasiado maleables, artesanos de sus seguidores y mecenas, así como perspicaces, aduladores de poderes antiguos o de poderes, nuevos y ascendentes”. Concordamos con su afirmación, pero no debemos olvidar que el arte es una cosa de Occidente, una categoría particular de la producción humana que peca de sobreesteticismo, cosa que no es ni mucho menos la totalidad de la dimensión afectivo-sensible de lo humano. Nosotros no tenemos por qué seguir los pasos estéticos ni morales de aquellos viejos barbones, ya bastante decrépitos, podemos proclamarnos artistas —o no— sin por ello negar nuestras producciones sensibles alejadas de esa cursilería idealista o romántica de lo bello tan característica de la estética, ¡no! Nosotros podemos afirmarnos como queramos, como artistas o como personas que hacemos, -runru4- que transformamos el mundo desde la producción plástica y material. Nada de arte por amor al arte, sino arte por amor a la vida y a la libertad. Hagamos que cada obra sea un grito de independencia y libertad, un acto doblemente positivo, creación de lo posible y acción.


  1. gulasa: Ancianx, sabix, persona con experiencia y conocimiento.
  2. bunatxi: Gente, pueblo.
  3. bëni: Individuo, sujeto, hombre.
  4. runru: Verbo que significa hacer en modeo Re'o.